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miércoles, 18 de enero de 2012

ADIOS A UN 2.011 CARGADO DE LIBROS (3ª PARTE)

LA DAMA DE LAS CAMELIAS (ALEJANDRO DUMAS HIJO). Este libro cayó en mis manos por casualidad, y la verdad es que no tenía depositadas sobre él grandes esperanzas. Crasso error. Margarita Gautier y Armando Duval se enzarzan en un complicado romance que resulta apasionante y absorvente. La indolencia de Margarita y su posterior calvario, así como el visceral sufrimiento de su eterno amante hacen de esta obra uno de los mejores exponentes de la literatura romántica.
EL PRÍNCIPE (NICOLÁS MAQUIAVELO). Lo realmente fascinante de esta obra es que a dia de hoy podría tener la misma aplicabilidad que tuvo en el momento en que vio la luz. Maquiavelo, por su trabajo, era un gran conocedor de todos los entresijos de las monarquías y las repúblicas y las describe magistralmente en base a dos términos principales: la virtud y la fortuna. Es una lástima que no haya existido justicia histórica con este politólogo que ha sido tachado de cruel y despiadado, cuando lo que hizo  fue describrir una realidad social sin ambajes y de forma objetiva.
LA MURALLA CHINA (FRANZ KAFKA). Era éste uno de los pocos textos publicados que me quedaban por leer de Franz Kafka. El volumen se compone de un montón de historias más o menos cortas y casi todas inacabadas -eso es lo de menos-. Destacan "Descripción de una lucha" o "La construcción", amén del relato que da título al libro. Para mí el hecho de haber descubierto a un escritor tan magnífico como Kafka es todo un privilegio, pues tiene la capacidad de plasmar a la perfección todas las angustias del hombre moderno. Y da igual que falleciera en los años veinte del siglo pasado, sus historias seguirán teniendo vigencia infinita, pues van más allá de las modas y el contexto de la época. Aborda temas existenciales, o más bien temores existenciales, todos los que alguna vez hemos sentido como propios. Por eso la lectura de sus obras es una especie de catarsis dolorosa e intrincada, una ayuda para poder pararse y reflexionar en medio de una sociedad que cada vez nos mantiene más anestesiados.
Franz no quería que sus escritos fueran publicados, probablemente porque se valía de ellos para examinar su alma a conciencia, y a nadie le gusta airear ese tipo de cuestiones; por ello pidió que todo el material fuera quemado a su muerte. Pero su amigo Max Brod, con muy buen criterio, decidió que todo ese compendio de palabras podían interesar a la sociedad en general. Gracias a él podemos disfrutar a dia de hoy de estas pequeñas obras de arte.

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